martes, 17 de septiembre de 2013
Nathaniel (+18)
Mi nombre es Annabeth, camino como inmortal en este mundo desde la época de la Inquisición Española aproximadamente.
No recuerdo quién fue mi creador, sólo recuerdo las circunstancias en que ocurrió.
Era cortesana del rey de España, encargada de satisfacer sus deseos carnales mientras su esposa estaba embarazada, lo cual me brindaba ciertos privilegios dentro de la corte.
Una de las tantas noches que el rey visitaba mi cuarto se le ocurrió llevar a cabo una nueva práctica sexual que trajeron los marineros importada de no sé que país lejano. Consistía en la estrangulación mutua mientras llegabas al orgasmo, algo aberrante a mi parecer, pero no podía negarme.
Lo último que recuerdo de mi vida humana es la cara de horror del rey al ver que me había asfixiado hasta el borde de la muerte, y luego como huía despavorido de mis aposentos cuando una figura oscura se acercaba a mi cama. Después no sé que pasó, sólo el ardor de mi garganta me “despertó” unos días después.
Estaba aún en mis aposentos y el sol entraba por las ventanas, me asusté al notar que podía ver todas y cada una de las pequeñas partículas de polvo que volaban por el ambiente y oler el aroma a papel y tinta aún húmedos por una reciente escritura. Seguí mi nariz hacia mi escritorio y encontré una pequeña esquela que decía “ahora eres una hija de la noche”. Yo sabía que significaba eso, había escuchado cientos de historias de los hijos de la noche, bebedores de sangre, que no se exponían al sol porque éste revelaba lo que en realidad éramos.
Efectivamente cuando puse mi cuerpo en el sol comencé a brillar como una joya viviente. Sabía que era el momento de juntar mis ropajes y alhajas para abandonar el palacio, ya que el rey me consideraba muerta; también era consciente de que tenía que alimentarme, mi cuerpo me pedía a gritos que lo llenara de sangre; bajé hacia los calabozos llenos de malhechores y asesinos y los utilicé como fuente de alimento…en esa noche liquidé a casi todos los presos. Había satisfecho mi hambre y librado al pueblo de esas lacras. Ya compuesta traté de ordenar mis pensamientos y controlarme. Tenía que controlarme y no ser como esas bestias de las historias que tanto me habían atemorizado. Finalmente tomé mis valijas y salí en mi carruaje hacia Francia.
Con las joyas que había acumulado compré una casa cerca del palacio y me instalé allí. Solamente me alimentaba de gente sin valor para la sociedad; me llevó unos cincuenta años de ir y venir de un pueblo a otro en busca de esas gentes hasta poder controlar mi necesidad de consumir sangre en abundancia. Cuando pude volver a mi casa; comencé a tener actividad social y a asistir a los bailes del palacio. Me hice de a poco amiga de una de las cortesanas del rey y en poco tiempo volví a mis andadas sexuales convirtiéndome yo misma nuevamente en cortesana real. Las noches de pasión con Luis eran exultantes, yo era inagotable y eso a él lo volvía loco de placer. En un arrebato de lujuria le confesé lo que era y lejos de asustarse comenzó a utilizarme para eliminar sus enemigos, todos caían en mis redes de seducción y terminaban en mis aposentos satisfaciendo sus carnes con las mías y yo finalmente me alimentaba de ellos. Sé que pensarán que soy una puta muy mala y era cierto en ese momento. Era puta del rey y me encantaba, me encantaba que los hombres me mirasen y quisieran poseerme, me dejaba usar por ellos para extraerles lo que más ansiaba; su sangre. Cuando el rey ya no pudo complacerme comencé a buscar entre los hombres de la corte alguien que lo sustituyese; en uno de los bailes lo vi a él.
Medía alrededor de 1,90 metros, su peluca blanca hacía resaltar aún más sus ojos pardos y profundos, su
sonrisa era blanca como el hielo eterno de las montañas, debajo del traje de gala se dibujaba el contorno de sus anchos hombros y una cintura estrecha. Los leotardos ajustados llevaban mi atención a su muy marcada entrepierna que me cautivó al instante. Él debía ser mío a toda costa, en mi interior se encendió algo que no era solamente pasión, sino algo mucho más complejo; mi alma se había conectado a él. Sabía que no podía dar un paso más sin tenerlo. Y no me refería al plano solamente sexual; sino que lo quería a mi lado por la eternidad. Utilicé mis “encantos” que asomaban por arriba de mi corset para incitarlo a que me siguiera hasta mi cuarto y lo conseguí. Ni siquiera sabía su nombre…sólo podía sentir el aroma de su piel y su sangre. Una vez que entramos a mi cuarto me tomó por el brazo y me dio un beso que si aún respirara me hubiera cortado el aliento; evidentemente le respondí el beso apasionadamente dejando que mis instintos más bajos, mi intimidad se sentía realmente caliente y húmeda después de muchos años. Tomé su cintura estrecha y lo apreté fuerte contra mi cuerpo, sintiendo su virilidad aún debajo de las incontables capas de tela de mi vestido.
Su respiración era entrecortada y jadeante, su calor corporal era elevado y hacía que su sangre fluyera más rápido. Mi boca se llenaba de ponzoña y mi garganta quemaba. Me aferró del trasero y me subió a mi escritorio levantando mis polleras. De mi garganta salían suaves rugidos…. -Que salvaje eres – le dije riendo suave -Sólo un poco mi señora – Volvió a besarme apasionadamente, metiendo su lengua en mi boca, invadiéndome. Se asustó un poco cuando chocó con mis incisivos un poco más afilados que el resto de mis dientes. Lo tomé por el cabello obligándolo a acercarse más hacia mí. Con desesperación comenzó a arrancar capa por capa de tela de mi vestido hasta dejarme solo con el corset y la ropa íntima. Traté de resistir un poco más pero no pude y lo mordí inyectándole mi veneno mientras con sus manos acariciaba mi intimidad; le susurré que me mordiera para poder mantenerse unido a mí. La comunión entre nuestras sangres hacía que ambos jadeamos al sentir el placer propio y el del otro. Desesperada rompí su traje y admiré ese cuerpo, él comenzó a chupar y morder mis senos, desesperado por absorber más de mi sangre mezclada con la transpiración de ambos. No podía decirle que parara porque estaba tan extasiada de él que era imposible. Con su boca llena de mi sangre y bajó por mi abdomen hasta llegar a mi intimidad ardiente y palpitante; me recliné sobre el escritorio dándole una vista más amplia de la zona. Inmediatamente me “atacó” y comenzó a besar y succionar apasionadamente mi clítoris, su lengua buscaba mi vagina, se metía en ella; lamía mis labios y metía sus dedos…Pronto llegaron los espasmos del primer orgasmo que lleno su boca de mis jugos íntimos. Volvió a mi boca para besarme y hacerme sentir mi sabor, era la primera vez que uno de mis amantes me hacía sentir eso. Me tomó en brazos y me recostó en la mullida alfombra cercana a la hoguera y me penetró sin preámbulos. Sentirlo dentro de mí fue el éxtasis, era algo grande, parecía hecho especialmente para mi intimidad. Comenzó a darme duro, me encantaba sentir como sus testículos golpeaban mis labios, levanté las piernas por encima de sus hombros para que pudiera penetrarme más; quería ser suya completamente…sus penetraciones eran como estocadas de espada que de haber sido humana me hubieran lastimado….
Luego me volteo y me puso en cuatro patas…comenzó a pasar su pene por el exterior de mi vagina humedeciéndolo con mis jugos y comenzando a lubricar mi puerta de entrada trasera. Primero puso sólo su punta pero una vez que entró me embistió salvajemente…me encantaba que fuera violento, le pedía cada vez más, que me nalgueara, no sentía el dolor, sólo placer. Me tomó de la cintura para manejar el ritmo de sus estocadas y comenzando a sentir la sed mordió mi cuello sin dejar de moverme violentamente sobre sus caderas. Él sabía qué me gustaba porque ahora estábamos conectados, yo tomé una de sus muñecas y comencé a beber la mezcla de nuestras sangres. Aproveché su distracción para dejarlo tirado en el piso de espaldas, monté sobre su pene sin piedad, queriendo sentir su líquido en mi. Me suplicaba que terminásemos juntos, que lo use como montura mientras me nalgueaba cada vez más fuerte como si yo fuese una yegua indomable, frotaba mi clítoris contra los vellos de su pubis, él jugaba con mis pechos estrujándolos y apretándolos, retorciendo mis pezones. Tomé dos dedos de su mano izquierda y los llené con mi saliva para usarlos en mi puerta trasera, no necesitó que le indicase que hacer y comenzó a usar sus gruesos dedos como un segundo miembro metiéndolos y sacándolos al ritmo de su penetración, y con su mano derecha tocaba mi clítoris…creo que no soporté ni cinco minutos esta triple tortura. Era algo demasiado excitante…él me pedía que lo rociara de mis jugos…finalmente cumplí con su deseo mezclando mis jugos con los suyos calientes en mi interior. Me cargó con dulzura y me llevó a mi cama…se recostó conmigo y así concluyó nuestro encuentro. Nathaniel era a partir de ahora mío para la eternidad…
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